Este blog no es apto para progres.

domingo, 9 de noviembre de 2014

A 25 años de la caída del Muro. No ganamos nada.

Se ganó tan solo una breve ilusión. Ese fantasma anunciado por un obeso barbado nacido en Tiers en el siglo XIX sigue presente, en formas por lo general más sutiles allá en el viejo continente y de manera abierta en buena parte de los países tercermundistas. Cayó un muro, un símbolo, pero no la idea ni mucho menos la cultura del colectivismo. Los cursis festejan un montón de escombros y piedras que no dicen nada de la afrenta contra la libertad y el sentido común en la época actual. Mientras que ellos veneran esos cascajos, los Estados continúan avanzando hacia una senda de la que jamás se desviaron. En el mejor de los casos redujeron la marcha y, como los ciudadanos e intelectuales demócratas ingenuos, se engañaron a sí mismos. Todos los vicios acarreados por la cultura del socialismo persisten, abanderados incluso por las derechas disfuncionales del mundo civilizado. 

Esto es lo que sucede en un mundo donde el relativismo es ley. Esos liberales confusos no entienden que una tregua temporal o un aparente cese al fuego no es una conquista. ¿Cómo celebrar la aparente caída del andamiaje socialista si en Europa surgen cada vez con más fuerza partidos contrarios a la idea de la libertad? Y lo que es peor: su aceptación, como en el caso de Podemos en España, no es poca.  Bastaron veinticinco años para que los enemigos de occidente fuesen capaces de exponer las ideas revolucionarias ya sin la necesidad de esconderlas tras el velo de los eufemismos. Ante el hartazgo de las masas, no producido por una aplicación irrestricta de los principios liberales sino por el híbrido del corporativismo y las modas progresistas, hoy las izquierdas más irracionales no tienen que hacer demasiado para convencer a la gente de que sus ideas no son peligrosas. Si fuera cierto que la libertad triunfó, entonces esos personajes estarían de facto desacreditados. 

Como sucede con muchas cosas que son tomadas como conquistas sociales, este es un asunto de cursis. Hace cinco años gané una mención honorífica en un concurso cuyo tema era “La libertad a veinte años de la caída del Muro de Berlín”. Yo fui el único que escribió un ensayo al respecto. El segundo lugar se lo llevó un poema de corte arjoniano. Lo más memorable fue el espectáculo cutre con que dio inicio la ceremonia de premiación. Un gran muro en el escenario fue derribado al momento de que una banda versátil cantaba el famoso estribillo de Another Brick in The Wall, quizá sin entender que ese disco más bien mediocre de Pink Floyd hablaba en realidad de otras cosas. Y entre tantas luces y humo, podríamos ser más apropiados con esas ideas románticas de victoria y seguir escuchando en un loop infinito aquella canción de los Scorpions, incluso en su infame versión cantada en el peor ruso que el oído humano ha registrado. Mientras, afuera del sótano donde se lleva a cabo la fiesta de la cursilería, los enemigos de la libertad no han desperdiciado ni un minuto en construir otros muros, acaso transparentes para que los idiotas útiles sigan festejando sus ilusiones.

jueves, 6 de noviembre de 2014

No le haga caso a los escritores progresistas

16:28 Posted by Cronos , No comments

Empecemos por tomar este texto como lo que es: una simple diatriba posmoderna cuyo subtítulo podría ser “por qué dejé de seguir a escritores por Twitter” o “por qué dejé de interesarme por lo que los autores y sus novias, parejas o viudas tienen que decir sobre cualquier otra cosa que no sea su obra”. 

Los escritores no tienen nada que decir si no es a través de la literatura. Alguna vez cometí el error de sentir curiosidad por los comentarios que los autores hacen al margen de sus letras. Lo que en la gran mayoría de los casos uno escucha no es más que lugar común. Curioso, porque quienes entienden de estilo literario evaden como la plaga cualquier rastro de cliché. No así al momento de las opiniones, que son siempre moldeadas de acuerdo al relato único de los intelectuales. Son vanos pero se sienten profundos; creen transgredir algo pero solo reiteran las ideas de la masa; muchos se enemistan entre sí pero no dicen nada esencialmente distinto. Esos autores van por millares hacia el mismo sitio, a su catedral del pensamiento unitario. Si alguien en serio cree que hay algo interesante en el regodeo de los progresistas, que se una a la procesión donde seguramente recibirán muchas palmadas en la espalda y abrazos grupales.

Podría ser una falta de compromiso de mi parte. No lo dudo, si es que por esa palabrucha manida del compromiso se entiende la adhesión a ese tipo de ideas y no a otras convicciones con peor prensa. Por ejemplo, cuarenta delincuentes, en medio de una protesta social, secuestran e incendian un camión. El idiota útil, es decir el escritor comprometido, sale rápido a relativizar el terrorismo de igual manera que lo hace la manada. Pero si mencionar el contexto mejicano le molesta a los sensibles, pensemos que esa misma estirpe de escribidores se comporta de manera similar en cualquier otro lado, ya sea tendiendo más simpatía por los terrucos que por los militares en el Perú o los que aun consideran que los Montoneros de la Argentina eran simples idealistas. 

Hacia el final de Plataforma de Michel Houellebecq —a este sí hay que hacerle caso— un grupo de musulmanes perpetra un acto de terror en contra del resort que han creado los protagonistas. La prensa se pone del lado de la indignación de los radicales, que veían en esa empresa un atentado a su identidad y moral. No solo se vuelve víctima el criminal, sino también se victimizan las ideas que tienen los idiotas o los potenciales criminales. Al francés le cayeron un par de demandas, pero si su literatura tiene hoy en día gran arraigo es porque quizá hay gente que, como yo —es decir, los que no tenemos ese compromiso chapucero con la irracionalidad y las ideas revolucionarias—, está harta de las reiteraciones vanas de todos los demás autores. Será mejor ignorarlos. Uno no se pierde de nada que no oiga en la explanada de alguna universidad o de boca de un pariente oligofrénico al que la cerveza le ha sacado de la garganta la indignación por el mal gobierno.

jueves, 23 de octubre de 2014

Señorita Rand, (no) necesitamos una izquierda verdadera

13:17 Posted by Cronos 2 comments

En la nueva edición del Consultorio de la Señorita Rand tenemos la pregunta de Zurdo Dueñas (52 años), que parece estar preocupado por la falta de opciones políticas:

Estimada señorita Rand, estoy muy preocupado por la situación política de mi país y, en general, por la de América Latina. Yo, como todo buen ciudadano comprometido con los ideales de la libertad, soy un demócrata convencido, pero aunque me declaro como un liberal-libertario moderado, centrista y minarquista, veo con tristeza que no hay una verdadera izquierda en esta nación. Lo que tenemos es una izquierda populista y autoritaria, no una moderna, moderada y modernizadora como sí la hay en Uruguay (soy fan de Pepe Mujica) o en Chile (¿ya le dije que admiro a Lagos y respeto profundamente a Bachelet?). Todos sabemos que en la democracia necesitamos pluralidad y contrapesos, y la verdad es que yo no me fío de ninguna derecha paleoconservadora que se dice liberal para salvaguardar mis libertades sociales, como mis abortos o mis matrimonios gays.

Me parece que lo menos importante es de dónde venga el cambio. La izquierda moderna puede muy bien acompañarnos en el camino hacia las reformas, como ya lo han hecho en los países recién mencionados. Yo la verdad es que ya estoy harto de tanto antizquierdismo. 
Besos y abrazos, señorita.

Querido Zurdo, he leído con atención tu carta y me parece que, en efecto, eres un gran y ejemplare liberal, así con itálicas. Lo cual está bien, supongo, si es que esos son tus intereses y estás dispuesto a sincerarte, escribiendo bien la palabra u optando por su equivalente en castellano. Está claro que eres un liberal comprometido con los (según tú) nobles valores de la igualdad y eso te hace sentirte bien, como un ciudadano del mundo que desafía los estándares y que incomoda a los malos reaccionarios. Eres una amenaza al establishment y al pensamiento único, sí que sí, incluso si tú eres ese pensamiento único. Pero no te asustes, en realidad hay muchos como tú y eso es lo que se espera del buen ciudadano; que su ideología pueda moldearse bien a las necesidades que, en teoría, tiene el mundo moderno. En fin, que eres muy mainstream. Pero eso no está mal, porque te garantiza el aplauso de los bobos, que son mayoría como bien sabemos. A fin de cuentas los que de verdad desafían a La Catedral del pensamiento unitario están por otro lado.

Creo que,  como muchos otros —desde «liberales» hasta socialdemócratas—, te has contagiado de la fiebre pluralista, tan propia de estos tiempos extraños en los que me ha tocado regresar como consultora de dudas online. Sucede que hay cosas que son menos malas que otras, pero que siguen siendo una enfermedad. Nadie quiere estar enfermo, a menos que tenga un caso de gusto patológico por lo que está mal. No podrías decir, objetivamente hablando, que un resfriado es algo más o menos bueno. Claro, lo puedes comparar con una pulmonía y entonces sentirte aliviado de que no tienes algo peor. Pero lo que nos interesa es que, en el fondo, no estamos bien; hay algo que estorba y que sería mejor no tener.

Es fácil cuando lo ponemos en términos clínicos, pero al momento de traducir el símil, que ya debería ser bastante obvio, corremos el riesgo de que algún buenagente nos acuse de ser malvados antidemócratas. Lo que te digo, querido Zurdo, es que tanto eclecticismo es peligroso y que solo lleva a un lado, y ese destino, me temo, no es el de la libertad ni el de la responsabilidad. En los moderados izquierdistas quedará siempre la tentación igualitaria, que es la que tú tienes porque eres un liberal, no un liberal. A lo que voy, para decirlo con lenguaje de pueblo: la izquierda no hace falta, sea estalinista o moderna. 

Te voy a decir algo más, un secreto de esas personas que admiras. ¿Sabes por qué a veces los modernos izquierdistas aplican algunas medidas capitalistas? Fácil: ellos saben y se dan cuenta de que funcionan. Ya con la legitimidad que les da ese híbrido (que obviamente sería mejor tenerlo en estado puro), tienen el terreno libre para avanzar en su agenda igualitaria.

Aquí en mi consultorio también somos de mente abierta y llamamos a que todo el mundo asuma sus tendencias, su realidad  y que no aparente lo que no es. Tal vez necesitas que te lo diga alguien más, aunque pueda ser incómodo. Mientras los tibios avalan esa fachada que, en el fondo, sabes que es un eufemismo que suena bien para no decir las cosas como son, aquí tenemos la obligación moral de enfrentarte a tu realidad. Y tú, mi estimado Zurdo, aplaudes a Mujica por estatizar la marihuana, no por liberalizar el mercado. Tú respetas a una Bachelet que, no siendo todo lo allendista que ella quisiera, sí empieza a aplicar medidas para retroceder en los avances liberales de su país, solo porque sus acciones se acomodan a tus prioridades igualitarias y de vanguardia. Tú eres un liberal con cursivas, que en inglés quiere decir progresista.

viernes, 17 de octubre de 2014

La RAE y la desvirilización del lenguaje

15:23 Posted by Cronos , No comments
More femenine than any woman... But he's a guy.
De pronto despertamos y nos hemos dado cuenta de que asistimos, o más bien somos llevados empujones, a la orgía totalizadora del progresismo. Si ya en el Sínodo bergogliano resonaban ecos proféticos sobre la banalización de lo tradicional, toda vez que parece sugerirse que es la eternidad lo que ha de ajustarse a los modos novedosos del hombre y no este a lo que le ha sido desde siempre común y natural, hoy vemos que no hay resquicio que se libre de la fiebre revolucionaria de lo que en épocas mejores considerábamos como la norma. Pero antes de que esto devenga un argumento teológico, baste hacer notar que estos eventos tan solo ayudan a constatar con indudable claridad la dirección de la deriva del mundo occidental. Si la estructura que los ingenuos, los alarmistas y sobre todo los modernizadores impacientes creían monolítica ha visto sacudidos sus cimientos, con más razón deberíamos dejar de dudar cuando se afirma que se vive un proceso de cambio no solo en las costumbres de los mundanos, sino también en el modo de entender la natura humana a la luz de la sociedad actual.

Qué mejor forma de consolidar la agenda que actuando sobre el lenguaje. Mientras que algunos académicos salen de vez en cuando a la defensa del sentido común y demuestran la idiotez intrínseca del lenguaje de género, la Real Academia Española, como toda buena institución neoconservadora, se apresura a salir al escenario como aquel anciano que se viste de pantalones cortos. De la mano de los amigovios y el papichulo que de tan bobos no ameritan escarnio, se reitera como válido y relevante en el mamotreto inefable el feminicidio, término que es propio de las mentes trastornadas que ven mayor gravedad en el asesinato de la mujer que en el del hombre, como si fuese posible establecer una diferencia cualitativa en el valor de la vida de ambos. Así nos va en nuestros tiempos posmodernos: la vida humana relativizada en un mundo donde el horror del homicidio es importante no por la condición de humanidad sino por las motivaciones, reales o interpretadas de acuerdo al humor del juez en turno, de quien perpetra el crimen. 

Nada más patético que el beta humillado que, postrado y con la cabeza agachada, es incapaz de entender que  para la feminista y, en general, para el progresista nada será suficiente, siempre habrá algo que reformar, enmendar y volver a cambiar. Es la espiral del absurdo en la que ha caído el hombre derrotado, sobre quien los jerarcas de la lengua afirman que no hay en su masculinidad nada de viril ni enérgico. Quizá sea cierto lo que el ganado sagrado afirma cuando se analiza a fondo la naturaleza disminuida del hombre de nuestros tiempos, a quien la dignidad solo le alcanza no para asumirse como lo que debería ser sino para exigir compensaciones nimias: ahí, en la esquina de la vergüenza, están todos esos especímenes tristes que claman por la celebración de un día mundial del hombre o por la inclusión del masculinicidio en el libro de las definiciones.

Es probable que, en el gran panorama de nuestra caída, tengan una incidencia mucho menor que la de aquellos leguleyos que empezaron a usar un término absurdo antes de que la autoridad central de la lengua lo reconociera como válido. Y mientras que la RAE trata de correr a toda marcha para alcanzar los tiempos, quedarán en el tintero acciones más relevantes. A final de cuentas un idioma no es lo que dictan sus intelectuales sino lo que interpreta la mente de quien lo habla. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Un paria reaccionario en la patria libertaria

16:04 Posted by Cronos , 1 comment
Parece que la batalla por el buen uso del lenguaje corresponde a un juego del que uno ha aceptado formar parte a pesar de haberlo perdido en un inicio. Sucede con tal frecuencia que, ante la inevitabilidad, uno tiende a pensar que no hay más fin que la resignación. Será una deficiencia en la educación, una tara en la capacidad de pensamiento de los demás o un error que tiene que ver con la ingenuidad propia, pero nada de lo que uno hace parece disuadir a la gente cuya visión, en el mejor de los casos, abarca tan solo dos metros. El resultado es que uno queda como un paria en la nación de los que sufrieron la cruz de no aprobar satisfactoriamente sus cursos primarios de compresión de lectura, gastando inútilmente las palabras en tratar de que ellos capten el mensaje: no soy libertario ni escribo para contribuir a esa ideología difusa. Y a pesar de esa aclaración que no deja lugar a dudas, no son pocos los que insisten en decir que lo que sea que piensa uno tiene también un sitio dentro de la quimera abyecta del libertarismo.

De vez en cuando aparecen personajes cándidos que acusan de no ser libertarios a los que concuerdan con muchos puntos de lo que en este espacio se defiende. Aunque su juicio pueda parecer correcto, habría que decir que no lo es porque asumen que uno intenta pasar por uno de ellos. Nada más alejado de la verdad. Lo que se busca es la sana distancia de la enfermedad del relativismo y de la pandemia de la vulgaridad de las ideas. De ahí que juzguemos patológico el eclecticismo de los tibios: nada bueno sacamos en pensar que, solo porque tenemos un par de puntos en común, es buena idea compartir la casa con los progresistas de libre mercado, los que no distinguen su izquierda de su derecha, los objetivistas recalcitrantes, los ateos militantes, los socialdemócratas que creen ser minarquistas, los guerreros de la justicia social, los anarquistas que odian más al Estado de lo que aman la libertad, los globalistas suicidas de las fronteras abiertas y los ciudadanos del mundo antioccidentales. 

Podría ser muy específico y decir que soy parte de eso que en el mundo de habla inglesa se llama la derecha disidente, la derecha alternativa, el paleoliberalismo o el postliberalismo (¡el espacio común entre el liberalismo y el conservadurismo clásicos!). Si eso no convence a nadie, entonces lo que hace falta es hablar en buen criollo: si existe este blog no es por la necesidad de enmendar el libertarismo —suponiendo que es posible hacerlo, que no lo es—, sino porque considero que lo único que vale la pena sobre este tema es sacar a la luz su absurdo. Nadie dijo que tomar la píldora roja fuera grato. Quien lo haga se dará cuenta de que el fin de su pensamiento libertario no era más que el devenir de todas las ideologías fallidas: un lugar en el vertedero filosófico. Por eso es que hace mucho abandoné la idea de construir un libertarismo con lindos adjetivos. Todos sabemos que sigue sin ser bueno vivir con un poquito de cáncer; lo deseable es no tenerlo. Antes de que prolifere más hay arrancarlo de raíz, echarlo al fuego y dejar de ver con solemnidad las cenizas de la decadencia. Solo entonces seremos liberales y conservadores clásicos decentes.

viernes, 3 de octubre de 2014

Breve apología liberal al derecho a la ofensa

16:02 Posted by Cronos 7 comments
Defender la libertad de expresión como la conciben los socialdemócratas es fácil, cómodo e incluso redituable en términos políticos, mientras que hacerlo desde la óptica del liberalismo auténtico en muchas ocasiones supone un suicidio. Los primeros tienen el amparo de lo que en la actualidad llamamos la opinión pública, monopolizada hoy en día por todo lo que es políticamente correcto, nuestras buenas consciencias contemporáneas, las verdades inefables de esta era. Los segundos, en cambio, van siempre contra corriente porque deben reivindicar el derecho a expresar aquello que en la actualidad se considera que debe censurarse.

Solo pregúntese lo siguiente: ¿Cuántas veces hemos oído de peticiones para que el Estado regule lo que puede o no decirse en los medios de comunicación porque algunas opiniones pueden ser ofensivas para determinado grupo, llámese gays, negros, inmigrantes o la "minoría" que a usted más le guste? En el contexto actual, ¿qué pasaría si alguien públicamente, en un canal de televisión con gran audiencia, se denostara sin ambages a una determinada raza o si alguien filmara un programa en el que se cataloga a la homosexualidad como un trastorno mental o si una cadena hace un documental revisionista para negar el Holocausto y reivindicar los objetivos del nacionalsocialismo? ¿Lo soportaríamos o veríamos surgir miles de voces exigiendo la censura de dichos contenidos porque resultan ofensivos e injuriosos y, por lo tanto, es justificable que el Estado pase por encima de los derechos de quienes emiten tales opiniones?

El tema de la libertad, cuando se lo analiza desde esta perspectiva, puede ser particularmente incómodo. Hoy en día aquellos que osan saltar los cánones de la corrección política son sometidos al escarnio público y quienes defienden el derecho a la ofensa, es decir los liberales consecuentes, son también perseguidos y, encima de todo, son tildados de apologistas del odio y la violencia. No se dan cuenta los apóstoles de las buenas consciencias contemporáneas que incurren en la vieja tentación totalitaria de negar la libertad de aquellos cuyas opiniones pueden generar enojo entre determinados sectores que han sido sacralizados —no heterosexuales, discapacitados, enfermos, gente no blanca, pobres, etc.— porque suelen ser considerados como víctimas de la historia, del patriarcado, de la sociedad eurocéntrica o de lo que usted quiera. ¿Quién, entonces, defiende a los ofendidos? La respuesta liberal es sencilla: ellos mismos. De la misma manera que debemos garantizar el derecho a tener opiniones incómodas también debemos reivindicar la legítima defensa. Pero solo eso. Como bien dice Albert Esplugas:

Al fin y al cabo, se puede ser homófobo y liberal. Uno puede sentir aversión hacia los homosexuales y defender que tienen pleno derecho a hacer lo que quieran mientras no infrinjan la libertad de nadie. También se puede ser racista y liberal. O machista y liberal. Y por supuesto cualquier individuo tiene derecho a discriminar a quien quiera en el ámbito privado, o a proferir opiniones controvertidas. La libertad ampara cualquier expresión de desprecio u odio al prójimo, lo mismo que ampara la contestación, la humillación y el ostracismo de los intolerantes.

Pensemos en las implicaciones de permitir que el Estado regule las expresiones ofensivas. En primer lugar estamos aceptando de manera explícita que se viole la propiedad privada. Si el conductor de un programa de televisión declara su desprecio por las mujeres debería ser responsabilidad única de la empresa el decidir si es conveniente expulsar a ese trabajador. En cambio cuando se pide que el Estado, a través de algún organismo censor, obligue a la empresa a despedir a dicha persona estamos aceptando que, después de todo, es legítimo establecer reglas sobre una propiedad que no es la nuestra. Luego, si somos consecuentes, deberíamos permitir que el Estado regule lo que nosotros decimos al interior de nuestras casas y que nos obligue a aceptar que entre gente indeseable porque la propiedad privada no es más importante que un tercero. En segundo lugar, si aceptamos la necesidad de regular la ofensa entonces habría que permitir que cualquier ofendido, por la razón que sea, incluso por la más estúpida —digamos, el conductor comentó lo ridículo que es combinar un nombre en sánscrito con un apellido castellano, como Krishna Avendaño—, pida que se censure a quien se nos dé la gana, quizá ni siquiera por razones legítimas.

La disyuntiva es sencilla: o cedemos a la tentación totalitaria o defendemos la libertad aunque sea incómoda y pueda agraviarnos incluso a nosotros. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

La enfermedad crónica de la derecha

15:48 Posted by Cronos , 3 comments

Hundida bajo el peso de su propia medianía, la derecha contemporánea, más deslavada que nunca y temerosa de sí misma, parece tener más connotaciones míticas que auténticas. Los medios, los intelectuales y los políticos no dudan en invocar su nombre, todos menos los que, supuestamente, se encuentran ubicados en ese sector de las ideologías. A la luz pública es mejor negar cualquier filiación con ella y quienes, ingenuos, creen que desafían al sistema y se arrogan la investidura del conservadurismo o del libre mercado tardan muy poco en parchar su discurso, prestos en todo momento a hallar la salida retórica más rápida. Entonces aparecen varias palabras cuya sola mención ya nos revela la tragedia: derecha moderada, centroderecha, economía social de mercado, capitalismo popular o con rostro humano, etcétera. Términos que denotan la necesidad patológica de los supuestos derechistas contemporáneos de desligarse de sus raíces y de querer mezclarse, hasta quedar indistinguibles en esencia, con sus congéneres de la izquierda deslactosada que se presenta ante la sociedad como la única opción viable en estos tiempos. 

Qué mejor para el progresismo cultural y sus líderes que esto suceda. No habrá de qué preocuparse mientras la derecha sea mantenga mansa —un poco gruñona, no importa— y deseosa de participar de un juego político que perdieron antes de que sonara la primera campanada. Cabe preguntarse si fueron tan brillantes los progresistas o tan idiotas los de esa derecha timorata que poco ha logrado y que no consigue echar cimientos firmes. Mientras que los primeros han sido exitosos al momento de construir un relato aceptado y deseado por grandes sectores de la sociedad, los segundos son culpables no solo de ser incapaces de combatirlo sino de caer en la trampa propuesta por sus adversarios.  

De allí que muchos aboguen hoy en día por el punto medio, tan de moda en estas fechas donde correrse al centro parece la decisión más sensata, toda vez que la tibieza es la zona preferida de los perezosos y la que tanto seduce a jóvenes apáticos y de cortas ideas, más ansiosos de un discurso ecléctico que de un programa sin ambigüedades. Y ya que la batalla cultural se va perdiendo de calle, los modernos izquierdistas, al menos los que tienen esa amigable fachada de la institucionalidad y que se prestan siempre a la alternancia, no tienen por qué alarmarse cuando la derecha parece ganar algo de fuerza. Esa calma radica en un hecho muy simple y de suyo trascendente: no existen condiciones para que esa derecha que por momentos goza de los favores de la gente se enraíce en los niveles más profundos de la sociedad, a no ser que haya algo que detone un cambio cultural significativo; y esto no parece un escenario probable, no hoy cuando la derecha tiene miedo a ser llamada derecha, cuando el conservadurismo es el peor de los epítetos y cuando los capitalistas no quieren ser capitalistas.

Habrá que acusar de insalvable ingenuidad a quien no haya previsto el estado actual y raquítico de la derecha, tanto a los alarmistas tontos de la izquierda que ven en cualquier rastro de libre mercado la derrota a su utopía, pero sobre todo a los derechistas bobalicones que creyeron que una privatización o un muro hecho escombros bastarían para asegurar la permanencia de los valores liberales. Esta naïveté, propia de una generación que de tan iluminada por los destellos de los nuevos tiempos terminó por deslumbrarse, habría de devenir estertor y derrota.  Nunca fueron más vigentes las palabras que en 1953 el preclaro teólogo y filósofo Francisco Canals pusiera por escrito en una de sus más memorables piezas: El derechismo y su inevitable deriva izquierdista

Mientras la izquierda proclamaba que nada le parecería demasiado revolucionario, la derecha se esforzaba siempre por poner de relieve lo “moderado” y “prudente” de su actitud antirrevolucionaria, y se gloriaba por ello de poder mostrar, como testimonio de su amor a la libertad y al progreso, que no dejaba de ser considerada ella misma como revolucionaria por los “extremistas de la derecha”, por los “reaccionarios”.
El resultado necesario de esta situación fue el constante desplazamiento hacia la izquierda, no sólo de la opinión y de los partidos, sino de la norma de valoración con que se juzgaba del derechismo y del izquierdismo de tal o cual actitud.


No sorprende en modo alguno que muchas banderas que antes eran propiedad exclusiva de la izquierda, ahora también son asumidas por los políticos e ideólogos de la derecha. La excusa no podría ser más conveniente, aunque no por ello sensata, y es que «tenemos que ajustarnos a los nuevos tiempos» —y con ello su fatal corolario: rendirse a la fatalidad de que no queda más opción que recoger gran parte del discurso progresista—. No anticiparon estos personajes que la derecha iría con un rezago y que los electores verían en estas actitudes una mala calca de lo que los políticos progresistas ofrecían. 

La genialidad de Canals radica en el hecho de que, mucho antes de que este fenómeno empezara a ser tangible, en una época en la que hoy en día se asume que el sector político al que él pertenecía y criticaba tenía una actitud bien definida e inamovible ante ciertos temas, supo identificar que el problema de la derecha era estructural, que no estaba acotado por un momento histórico y que este no detendría su marcha en un futuro previsible. A Canals no le faltaba razón. Una vez dentro del juego del progresismo, nada evitaría el desplazamiento poco a poco hacia la izquierda. Y, por supuesto, en una sociedad donde el pensamiento cultural está formado por los intelectuales orgánicos del igualitarismo, parece poco probable que liberales y conservadores tengan la capacidad para dar una auténtica batalla. Máxime si los primeros gastan sus energías en tratar de convencerse inútilmente a sí mismos y a los pocos que los escuchan de que no son de derecha —de ahí, mal que les pese, la insistencia de este texto de incluirlos en este espectro—, o si los segundos insisten en sumarse a la carrera del estatismo. 

Queda como premonición la frase de cierto presidente de trágica memoria y líder de una nación al sur de los Estados Unidos que, siendo identificado como una figura de la derecha tradicional y de esa quimera que han dado a llamar el neoliberalismo, afirmara en su campaña que «rebasaría a la izquierda por la izquierda».  Enferma, temerosa de sí misma, de lo que fue y de lo que se supone que debería ser, la derecha ha dejado ya de competir en un campo parejo. Tanto así que asistimos, cada vez con mayor frecuencia, al espectáculo ridículo de los otrora liberales y conservadores queriendo mimetizarse con el buen progre.

martes, 23 de septiembre de 2014

Libertarismo vulgar: entre cursis y relativistas morales

Si usted ha estado en la escena libertaria por un buen tiempo seguramente conocerá al típico ridículo que en las redes sociales agrega a su nombre apellidos como “Rothbard”, “Bastiat”, “Mises” para después sazonarlos con la bendita palabra “Libertad”. Los resultados pueden ser de una cursilería tal que uno está tentado a pensar que semejantes afrentas al buen gusto constituyen una violación del sacrosanto e incuestionable NAP. No siempre sucede, pero encontrar a un sujeto así es muchas veces indicativo de que podemos estar ante algún libertario vulgar, un liberchairo, si se me permite el neologismo, uno de esos cándidos especímenes vertebrados que no conocen algo más allá que el mantra del principio de no agresión. Muchos de ellos, amparados en su purismo pueril, suelen creer que, en la medida en que haya decisiones libres e individuales, los libertarios no deberían criticar aquellas acciones que a nivel moral puedan encontrar reprobables. Escondida detrás de esta actitud está la retórica del relativismo moral.

Recientemente en un grupo de Facebook compartí un artículo sobre un campamento en el que básicamente travisten a los niños para que de este modo se encuentren a sí mismos, sin las presiones que ejerce el patriarcado y los valores conservadores, ya que el género, de acuerdo a la concepción posmoderna, es tan solo un constructo social. Huelga decir que todo este espectáculo proviene de la iniciativa privada, de modo que, por principio, los libertarios no se opondrían a su realización. Hasta ese punto nadie que suscriba tan ideología estaría en desacuerdo. No sería extraño que alguien a nivel personal, como quien escribe este artículo, encuentre este circo como un show que aplaude la depravación y el summun del mal gusto de la agenda progresista. Es claro que un liberal, independientemente de los principios de su filosofía, amparado en la libertad de expresión, puede ejercer los juicios morales que considere pertinentes y externar su condena por semejante show. El libertario vulgar, en cambio, dirá que, en la medida en que esto no afecta ni el NAP ni mi libertad individual, no deberíamos emitir ningún juicio porque entonces nos estaríamos rebajando a ser simples neoconservadores. Por supuesto, cuando coloqué el enlace un señorito de apellido Rothbard, disertó en dos sapientes líneas acerca de las tendencias de género que existen desde el nacimiento, así como de la impertinencia de todos aquellos neoconservadores que se creen liberales al momento de externar su reprobación por los actos de libertad de los demás.

Eres un neocón reaccionario si opinas en contra de la libertad de orillar a este niño a travestirse

Esto último no deja de ser un buen ejemplo del nivel de simpleza que pueden alcanzar muchos libertarios, que típicamente son los que nuestros enemigos intelectuales aprovechan, con justa razón, para poner en ridículo la ideología de la libertad. La defensa a ultranza del NAP, como único pilar de una tradición filosófica mucho más rica, puede devenir en un libertarismo tan caricaturesco como ridículo. No hay deshonestidad más grande que abstraerse de uno mismo, de su individualidad innata, con tal de externar un discurso simplista y políticamente correcto que satisfaga a los obtusos que, por desgracia, también están entre nuestras filas. Se equivocan todos aquellos libertarios vulgares que abogan por la autocensura. Es falso que a nosotros no nos corresponda hacer juicios, incluso si estos van en contra de las decisiones que otras personas han tomado. Sucumbir ante la pretensión de negar nuestra moralidad equivale a desconocer el principio fundamental de la libertad de expresión.

Sujetos como el señorito cursi que en Facebook se hace llamar Rothbard y todos los libertarios vulgares y relativistas tan solo generan hacia el exterior la impresión de que el liberalismo no es más que un culto, una secta vacía en la que los miembros han de repetir como autómatas un mantra que, ironías de la vida, termina por desindividualizarnos al negar la posibilidad de ejercer una crítica a partir de consideraciones meramente personales. A final de cuentas no son distintos a los zurdos y toda esa fauna chairomamerta que, si no estás de acuerdo con ellos y sus dogmas, tildan a cualquiera de fascista neoliberal.

El liberalismo es también un compromiso con los individuos que forman una sociedad. Caer en el discurso del relativismo moral, de que existen millones de discursos igualmente válidos, es hacerle un favor a todos aquellos que pugnan por el progresismo. Prescribir una sociedad amoral a través de una ideología monolítica, incapaz de aceptar los matices del pensamiento individual, negar nuestras dudas y comentarios hacia la erosión de una cultura que valoramos y de la que surgió nuestra ideología, significa un suicidio en términos de filosofía, es hundirse en el más vulgar de los nihilismos. Lo único que puede hacer el liberalismo por estas expresiones que muchos encontramos aberrantes es aceptar el derecho a que existan y criticar toda pretensión del Estado para regularlas o prohibirlas. Sin embargo, como individuos que somos, dotados de razón y juicios propios, no debemos en ningún momento traicionar nuestra propia moral.

viernes, 19 de septiembre de 2014

El perfecto idiota libertario

12:49 Posted by Cronos , No comments

Más nos vale ser prudentes y no asumir que los libertarios son, en promedio, gente muy brillante. Dos o tres coincidencias en el campo ideológico no vuelven al vecino una persona a la que haya que tomar en serio, ni siquiera si ese individuo se pone la máscara de racional o de muy prudente. Que para eso cualquiera es bueno: vea usted a los sandios guerreros de la justicia social que escriben para la Rational Wiki. 

¿Qué piensa usted cuando los neonazis y los neofachos les dicen que “no son ni de izquierda ni de derecha”? Seguramente le da un ataque de risa o los tira de locos. Y es que al gran público poco le interesa la sofisticación o las huidas retóricas de los miedosos, a nadie le interesa que entre ellos se crean que de verdad existe la tercera posición como un paradigma novedoso. Lo mismo pasa con esos libertarios cuyo deporte favorito es insistir en sus clubes privados que no son ni de izquierda ni de derecha. Serán de cuarta posición entonces o extremocentristas, o vaya usted a saber. Mejor pregúntele al brillante Nolan, que parece ser el único soporte teórico que tienen los libertarios vulgares.

¿Han conseguido algo estos personajes que buscan desligarse a como dé lugar de la derecha? Nada, y no lo harán. Jamás. Pero no importa, porque están muy cómodos en su circle jerk, en sus grupos irrelevantes, en sus conferencias que no atraen a más de treinta personas en los días que hace buen clima y se ofrece vino gratis. En suma, nunca convencieron a nadie que no sea a ellos. Por eso es que son irrelevantes tanto en el mundo de las ideas como en la praxis. Tan altos intelectuales son ellos que, desde las alturas, no pueden ver lo que pasa a nivel de tierra.

A veces da buenos resultados inventar una nueva retórica y tatuarla en la consciencia de la gente, si no pregúnteles a los grandes actores del progresismo cultural. Pero, perdón, eso no existe y son paranoias derechistas (aunque haya intelectuales de la izquierda que se declaran abiertamente como marxistas culturales y afirman y defienden su existencia). No es verdad que muchas banderas que típicamente eran propiedad exclusiva de la izquierda hayan sido adoptadas plenamente por los racionales libertarios. Al menos eso es lo que dicen los tan brillantes como irrelevantes libertarios, que están muy cómodos haciendo de aguadores para el equipo rojo (o rosa, para que no suene tan alarmista ni delirante este párrafo), porque, después de todo, los zurdos no son nuestros enemigos y no tiene nada de provechoso atacarlos. Lástima que los izquierdistas jamás fueron tan bobos. Hoy vemos los resultados: su retórica antiliberal, simplista pero tan efectiva, les ha servido muy bien y ha calado en la cultura, tan hondo que a nadie le interesa lo que tenga que decir un vulgar left libertarian de internet.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La democracia y la parábola de Cthulhu y su amigo el Leviatán

23:04 Posted by Cronos , No comments
Suecia, Suecia, querida amiga:
Un tigre que se avergüenza.
Sé cómo se siente eso
Cuando la realidad se vuelve una broma.
Joakim Berg, Sverige

Regocijaos, hombres del mundo civilizado, que hemos vuelto a asistir a la gran fiesta. Olvidad los ecos de la mitología, los rumores del ya lejano Midsommar, pues aquello que nos reúne es acaso la cumbre de un lento proceso de evolución institucional. Sucedió lo que sucede cada cierto tiempo en la vieja Suecia. La gente acudió a las urnas y el resultado no pudo ser más impactante: los socialdemócratas vestidos de azul que detentaban el poder han sido derrotado por los socialdemócratas de camisetas rojas. Regocijaos, hombres del mundo civilizado y de aquel otro mundo ensombrecido aún por las tinieblas de la barbarie, hemos asistido a la fiesta de la democracia.

Nadie que no sea decente se atrevería a poner en duda que este sistema es el mejor al que pueden aspirar las naciones. Sin embargo aquí en Expresión reaccionaria no somos gente decente ni aspiramos a serlo. No es que aquí se piense que la democracia no funciona o que sea una idea fallida. En realidad tenemos muy en claro que, por sí misma, y con las condiciones institucionales bien establecidas, es un sistema altamente eficaz. Eficaz para un fin que a nosotros, como indecentes reaccionarios, no nos interesa en absoluto. 

Ya sabemos la dirección hacia la que siempre nadan Cthulhu y su pequeño amigo el Leviatán —grande o chico, importa poco siempre que se desplace al lado de su compañero—. ¿Por qué la deidad habría de detenerse y pensar que las leguas recorridas fueron todas en vano? Dicen que las corrientes de la izquierda son siempre más cálidas, incluso si estas cruzan los mares nórdicos. 

La parábola de Cthulhu y su amigo el Leviatán ya debería ser bastante obvia por sí misma, aunque para efectos de claridad habrá que traducirla, no sea que algún personaje con pocas luces tenga problemas en descifrar un recurso literario. Lo vimos en las elecciones suecas: la socialdemocracia azul, es decir la seudoderecha moderada encabezada por Fredrik Reinhardt luego de ocho años de gobierno ha perdido en contra del partido hegemónico, los Socialdemokraterna. ¿Había una diferencia esencial entre ambos bandos? Ninguna, porque mientras estén montados en el mismo barco, que a su vez navega sobre la espalda de nuestro Cthulhu, irán hacia la misma dirección. ¿O es que debemos creernos el cuento de que la centroderecha sueca —y para los mismos efectos casi todas las derechas decentes del mundo— no navega hacia el progresismo? Acaso estas derechas blandas, apoyadas por ingenuos conservadores y liberales muy cómodos, lleven un rezago en un camino cuyo destino está bien trazado. Nadie hoy, desde el armatoste del sistema, duda de los grandes pilares del bienintencionado credo secular de nuestros tiempos: el igualitarismo. No, dirán los libertarios furiosos, nosotros creemos en el individuo, pero buena parte de sus políticos fracasados, sus intelectuales de voces diminutas, sus inocuos think tanks, no difieren en lo esencial de estos credos. Y la razón es simple: no pueden permitírselo si aspiran a tener un lugar en este juego de la democracia.

Supongamos que Cthulhu se despierta de buen humor y que el capitán del barco es uno de esos centroderechistas buena onda, con ganas de ver un nuevo sol. Ese día se arma de valor y le pregunta a su dios democracia si no le apetecería ir más lento para disfrutar de paisaje. Cthulhu dirá que sí, que no hay prisa por llegar al destino. El centroderechista creerá que ha hecho algo notable y sus intelectuales y defensores echarán palomas al vuelo —y claro, los socialdemócratas de camisetas rojas se molestarán porque tienen más prisa que ninguno en llegar a la Arcadia progresista—. Hay un pequeño problema para la tripulación, y ese es que, a pesar de los esfuerzos por conseguir el mando del barco, Cthulhu en ningún momento se ha dado la vuelta o ha cambiado de dirección, por más que el capitán y los grumetes centroderichistas hayan creído que dieron un golpe de timón.

Regocijaos sin reservas, hombres decentes del mundo civilizado, y vosotros, indecentes reaccionarios, zarpad ya hacia otro lado, que no sois dignos de estas aguas. 

lunes, 28 de julio de 2014

Querido intelectual contemporáneo

Querido intelectual contemporáneo:

Todos sabemos que ser progre paga muy bien. Serlo es sin duda una elección racional. ¿Quién querría suicidarse antes de comenzar su carrera? Nos queda claro que nadie, mucho menos si aspira a algo importante: sea la literatura, el cine o un nicho en los periódicos y en los programas de opinión. Me temo, sin embargo, que esta afirmación le pueda parecer un tanto ofensiva. Lo más seguro es que yo me esté equivocando y que usted no sea un progre por conveniencia, porque tiene que hacerlo para encajar en el sistema y porque de esa manera se llevará los aplausos tanto del público como de sus congéneres, sino porque está realmente convencido y tiene un fuerte compromiso social.

Si ese es el caso, usted es un héroe y no me queda más que aplaudir su honestidad intelectual. Está claro que ese es un valor en sí mismo, tal y como siempre dicen de Ernesto Guevara: fue un poco sanguinario, pero vivió de acuerdo a sus ideales; qué gran hombre. O también piense en Pablo Neruda, el poeta sentimental chileno que aplaudía el régimen del nada sádico Stalin. Tal vez dicha ideología fue un poco perversa, pero eso no importa porque esos dos y tantos otros eran idealistas, querían un mundo diferente. El romanticismo es siempre un atenuante a la hora de defender doctrinas disfuncionales. Esto, claro, solo aplica a la izquierda y no es el caso en la derecha. Por ejemplo, al pobre Knut Hamsun, Nobel de literatura, jamás le perdonaron que fuera simpatizante de Hitler, ni a Ezra Pound que fuera fascista. Ya sé que me estoy yendo a los extremos. Tampoco crea que estoy sugiriendo que usted es un comunista. Nada más quería mostrar que muchos intelectuales y artistas tienen ideales con los que siempre son consecuentes, aunque solo a algunos se les aplauda. Sospecho que si tenemos algún buen recuerdo de esos escritores de la derecha es porque surgieron en una época distinta, cuando se podían garantizar un espacio en las estanterías y en los medios sin tener que responder a la exigencia de los discursos bienintencionados del progresismo.

¿Seré muy insidioso si le pregunto, querido intelectual contemporáneo, si en la actualidad un joven Knut Hamsun tendría espacio en el mundo de las artes? Tiendo a pensar que no, que lo bloquearían porque su opinión es incomoda —no como la de un tibio, onda Vargas Llosa, que es soportable, sino como la de alguien que está por completo fuera del sistema—, pero eso debe ser porque soy un reaccionario.

Lamento las referencias literarias, porque al parecer en esta época vale como intelectual un actor o un productor de teleseries dizque muy polémicas (si son de narcos o políticos corruptos mejor y tienen un par de homosexuales, eso suma puntos). Volvamos al tema que me interesa, que es el de la intelligentsia y el progresismo. Lo que el público quiere escuchar es que —por decir un nombre— Gael García opine sobre temas económicos o una Ana de la Reguera nos dé su visión sobre la política fiscal. Basta con que el personaje sea muy crítico, muy contestatario, muy políticamente correcto, muy amigo de la diversidad, muy altermundista, muy del pueblo, y si es blanco mucho mejor, porque entonces así estará expiando los pecados originales de su raza. 

Hace poco, a propósito del mundial, vi unos tuits bastante curiosos de un escritor mexicano al que admiro. Fue un día horrible. El equipo nacional se relajó y le entraron dos goles, uno de ellos mediante un penal dudoso que trajo nefastas consecuencias: que los mejicanos de internet, tan sagaces y graciosos como siempre, nos sodomizaran virtualmente por semanas con el mantra del "no fue penal". En ese contexto, cuando la selección fue eliminada de los octavos de final, una aerolínea holandesa publicó el siguiente tuit: 
Akari y el moe al servicio del racismo.
El gran escritor tuiteó por dos horas que ese chiste gráfico era racista (quizá porque el sombrero es genético). También a las protestas se sumó Gael García, que amenazó con jamás volar en la aerolínea, poniendo en jaque la economía holandesa que depende de los ingresos de un actor. Supongo que usted, como intelectual contemporáneo que es, también se sintió ofendido (y eso que dicen que los meshicas saben burlarse de sí mismos) y dejó de comprar tulipanes. Lo felicito, está usted comprometido con su país. Aunque hay algo que como reaccionario no me termina de cuadrar. ¿No eran ustedes, los intelectuales contemporáneos, los que se habían comprado la falacia de Lewontin? O es que yo no estaba enterado de que los mexicanos eran una raza. Supongo que los guatemaltecos serán otra. En fin, eso no es lo importante. Ustedes son muy progres y lo que importa no es la certeza sino los sentimientos.

Seré sincero, que se me acaba el espacio y esto se vuelve cansino. No creo que usted sepa muy bien lo que significa racismo, incluso si su profesión está relacionada con las letras. Siempre que algo lo moleste y desentone con los lineamientos de la narrativa de la que hace eco, puede invocar este tema y así sentirse satisfecho consigo mismo por ser un verdadero luchador social. Todos lo van a aplaudir aunque no tenga ni idea de lo que está hablando. Y aquí dejé de referirme a un solo tema. Lo que pienso, querido intelectual contemporáneo, es que usted no tiene mucha idea de nada, pero a cambio de eso sabe muy bien qué decir acerca de todo. Con eso es suficiente para garantizarse su nicho, al fin que el discurso del progresismo es muy sencillo, por no decir burdo. La idea es quedar bien, ser muy progre, muy buena onda, muy políticamente correcto. 

Usted ha elegido ser un buen intelectual contemporáneo y lo hace muy bien.

jueves, 24 de julio de 2014

Señorita Rand, un progre me dijo que soy de derecha. ¿Qué hago?

15:33 Posted by Cronos 1 comment
Como parte de las novedades en Expresión reaccionaria les traemos una sección imperdible: El consultorio de la Señorita Rand, en donde Ayn Rando-sensei contestará sus dudas, no importa si son liberales clásicos confusos, libertarios vulgares, progres o incluso nazis. Este es un espacio abierto al diálogo. Sin más los dejamos con la pregunta del día, que nos llega desde algún rincón de Facebook:

Señorita Rand:

Mi nombre es Ramón Bastiat Libertad y, como todos los días, estaba yo defendiendo la libertad en Facebook. Ya sabe, compartiendo citas suyas y de Rothbard. Entonces sucedió algo que hasta el día de hoy me afecta. Tuve un debate con el administrador de una página de left libertarians y anarcoindividualistas. Creí que podría llevarme bien con ellos. Es decir, nosotros creemos en lo mismo, ¿no? Libertad de mercado, libertad personal, propiedad privada, amamos la diversidad, somos ateos y, sobre todas las cosas, odiamos al estado (lo odio tanto que lo escribo con minúsculas). Pero, después de bloquearme de su página por sugerir que Israel no es tan malo, publicó un estado en el que se nos acusaba a mí y a mis amigos de ser "libertarios de derecha". ¿Cómo es eso posible? No sé qué pensar. ¿Acaso hice algo mal? Yo no soy de izquierda ni de derecha, soy libertario. ¡El gráfico de Nolan me lo dijo! Ayúdeme, por favor.

Siempre suyo, Ramón Bastiat Libertad.


Estimado Ramón Bastiat, ¿has pensando que todos queremos sentirnos especiales? Es un poco bochornoso recordarlo, pero hubo un tiempo en el que yo pensaba como tú. Ya sabes cómo es la vida: una escapa de un país totalitario y, en el barco de camino a Estados Unidos, tiene la idea de crear una nueva ideología. A mí se me ocurrió algo así como un liberalismo secular, pero pensé que eso no tendría punch. El resultado lo conoces. Pasé largos años desgastándome, diciendo que lo mío no era liberalismo, sino objetivismo. ¿Y todo para qué? Para que los zurdos y el mundo entero me siguieran llamando derechista. Me cansé de eso, así que ahora lo acepto. Por eso decidí colaborar en este blog de conservadores y reaccionarios.

No dudo que seas un buen chico, como lo son también esos que escriben en la Metapedia y que dicen que no son de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario. Da igual, para la prensa y hasta para ti seguro son miembros de la extrema derecha. Es normal que consideres que solo tú eres especial, que has reinventado algo, que estás por encima de la geometría. Seguro pensarás algo como: ¡Vete al carajo, Euclides, y llévate contigo tus nociones lineales, porque yo soy un ser diferente, original, novedoso! ¡Lo de hoy es la geometría política parabólica y, te aseguro, pronto conquistaremos los espacios hiperbólicos también! Además, ¿cómo podría haberse equivocado Nolan en su asignación de coordenadas? Es tan objetivo poner el libertarismo encima de todo. Y mira que te lo digo yo, que si de algo sé es de objetividad.

Tienes varias opciones. La primera es ser racional y aceptar que, quizá, el liberalismo es una ideología de derecha que siempre ha encontrado sus mayores coincidencias con el conservadurismo tradicional (el de Burke, no el de los republicanos de hoy en día). La segunda es seguir sintiéndote especial y negar en todo momento tu filiación con ese sector malévolo. Seguramente algún día convencerás a zurdos y progres de que eres un chico diferente y único. Ya sé que los liberales tibios y timoratos no lo han conseguido en dos siglos, ¿pero quién te asegura que mañana no será el día en que todos cambien y acepten que tú no eres ni de derecha ni de izquierda sino todo lo contrario, de la misma manera en que les hacen caso a los fascistas actuales que aseguran lo mismo que tú?

Claro que si tanto te incomoda que te digan derechista, incluso si eres un marxista cultural que vive tratando de ganarse una palmadita en la cabeza por parte de los progres, te tengo una sorpresa. Para empezar este nuevo programa del Consultorio de la Señorita Rand, hemos decidido regalarte una nueva ideología (o regresarte a tus orígenes). ¡Sí, Ramón Bastiat Libertad, ahora, como puedes ver en el siguiente gráfico, sin duda más preciso que todos los que habías visto antes, eres de extrema izquierda!


miércoles, 23 de julio de 2014

Expresión reaccionaria

12:19 Posted by Cronos 7 comments

Hubo un tiempo en el que me tomé muy en serio el libertarismo. No solo gané varios concursos de ensayo sobre temas liberales, los monopolicé por cuatro años seguidos. También, mientras estaba en el sótano de mi casa, adorando como siempre a algún personaje de anime, junto con otros libertarios de internet se nos ocurrió la idea de iniciar un movimiento en México. Algo así como la Ron Paul Revolution pero más charra, al menos en intención. El volverse un joven activista del libertarismo parecía la culminación de algún sueño pueril que tuve por allá del 2006, cuando descubrí que había algo más que las ideas socialdemócratas. Fue por eso que un año más tarde, en 2007, lancé el blog Expresión liberal. La idea, aunque bienintencionada, no era para nada original: buscaba convertir ese espacio en una bitácora genérica que sirviera de referente para el liberalismo en México. Por suerte llegó el 2012, con todos los disturbios asociados a la toma de poder de Peña Nieto, para darme cuenta de que ya llevaba mucho tiempo harto del libertarismo.

Digo libertarismo porque considero injusto meter en el mismo saco a esos personajes y a los liberales y conservadores clásicos. ¿Quiénes son ellos? Si usted es un liberal o incluso un progre extraviado en esta página seguro los conoce: individuos de internet que en las redes sociales aliñan sus nombres con los apellidos de liberales famosos —Rothbard, Bastiat, Mises— y que por avatar llevan la foto de uno de esos intelectuales o de una serpiente o un puercoespín; sujetos cuyo único argumento es gritar ¡NAP! ante cualquier provocación y acusar de estatista a todo mundo; personas que llenan su perfil de Facebook y su cuenta de Twitter con citas y estampitas de, quién más, los inefables intelectuales antes mencionados. Haga de cuenta que son como los metaleros que no paran de invocar a Vikernes en sus muy autóctonos nombres anahuacas, así de ridículos.

No me habría distanciado de ellos si el problema fuera solo una foto de perfil o un nombre. Debe haber una razón válida. Son tres, aunque están incluidas en el mismo paquete. La primera es que me di cuenta de que la gran mayoría de esos libertarios vulgares odian más al Estado de lo que aman la libertad. El ejemplo perfecto es la actitud suscitada a partir de los disturbios del primero de diciembre de 2012: muchos de estos personajes se pusieron del lado de los vándalos. La segunda es que me harté de suavizar el hecho de que siempre he sido un conservador. La tercera es que tanto libertarios vulgares como muchos liberales clásicos que respeto han cedido a la llamada de Cthulhu.

Tomo prestada la metáfora lovecraftiana de Mencius Moldbug, lord sith del movimiento neorreaccionario, porque es conveniente cuando se toma en cuenta que los liberales ya invocaban a otra criatura mítica para referirse al gran Estado. Me refiero al Leviatán. Nuestro monstruo es mucho más grande: no solo es una abominación marina, es una deidad. ¿Cuál es el llamado de Cthulhu? El progresismo. Es decir, tanto libertarios políticamente correctos, conservadores mainstream y por supuesto todos los sectores de la izquierda, avanzan hacia la dirección que Cthulhu les marca: la izquierda.

No hace mucho logré algo que me propuse: que un libertario vulgar me llamara reaccionario. Fue gratificante porque mostró la verdadera cara de ese movimiento. De nada sirve hacerle concesiones al progresismo y a sus causas. Ni una sola. Mucho menos es sensato jugar en su cancha o en sus términos. De ahí que el grito de reaccionario no me incomode. Por eso también el nombre del blog. Y si alguien buscaba solemnidad o grandes desarrollos teóricos, espero que la imagen que encabeza esta introducción eche por la borda sus ilusiones. Después de todo nadie debería tomarse demasiado en serio el internet.