Este blog no es apto para progres.

martes, 23 de septiembre de 2014

Libertarismo vulgar: entre cursis y relativistas morales

Si usted ha estado en la escena libertaria por un buen tiempo seguramente conocerá al típico ridículo que en las redes sociales agrega a su nombre apellidos como “Rothbard”, “Bastiat”, “Mises” para después sazonarlos con la bendita palabra “Libertad”. Los resultados pueden ser de una cursilería tal que uno está tentado a pensar que semejantes afrentas al buen gusto constituyen una violación del sacrosanto e incuestionable NAP. No siempre sucede, pero encontrar a un sujeto así es muchas veces indicativo de que podemos estar ante algún libertario vulgar, un liberchairo, si se me permite el neologismo, uno de esos cándidos especímenes vertebrados que no conocen algo más allá que el mantra del principio de no agresión. Muchos de ellos, amparados en su purismo pueril, suelen creer que, en la medida en que haya decisiones libres e individuales, los libertarios no deberían criticar aquellas acciones que a nivel moral puedan encontrar reprobables. Escondida detrás de esta actitud está la retórica del relativismo moral.

Recientemente en un grupo de Facebook compartí un artículo sobre un campamento en el que básicamente travisten a los niños para que de este modo se encuentren a sí mismos, sin las presiones que ejerce el patriarcado y los valores conservadores, ya que el género, de acuerdo a la concepción posmoderna, es tan solo un constructo social. Huelga decir que todo este espectáculo proviene de la iniciativa privada, de modo que, por principio, los libertarios no se opondrían a su realización. Hasta ese punto nadie que suscriba tan ideología estaría en desacuerdo. No sería extraño que alguien a nivel personal, como quien escribe este artículo, encuentre este circo como un show que aplaude la depravación y el summun del mal gusto de la agenda progresista. Es claro que un liberal, independientemente de los principios de su filosofía, amparado en la libertad de expresión, puede ejercer los juicios morales que considere pertinentes y externar su condena por semejante show. El libertario vulgar, en cambio, dirá que, en la medida en que esto no afecta ni el NAP ni mi libertad individual, no deberíamos emitir ningún juicio porque entonces nos estaríamos rebajando a ser simples neoconservadores. Por supuesto, cuando coloqué el enlace un señorito de apellido Rothbard, disertó en dos sapientes líneas acerca de las tendencias de género que existen desde el nacimiento, así como de la impertinencia de todos aquellos neoconservadores que se creen liberales al momento de externar su reprobación por los actos de libertad de los demás.

Eres un neocón reaccionario si opinas en contra de la libertad de orillar a este niño a travestirse

Esto último no deja de ser un buen ejemplo del nivel de simpleza que pueden alcanzar muchos libertarios, que típicamente son los que nuestros enemigos intelectuales aprovechan, con justa razón, para poner en ridículo la ideología de la libertad. La defensa a ultranza del NAP, como único pilar de una tradición filosófica mucho más rica, puede devenir en un libertarismo tan caricaturesco como ridículo. No hay deshonestidad más grande que abstraerse de uno mismo, de su individualidad innata, con tal de externar un discurso simplista y políticamente correcto que satisfaga a los obtusos que, por desgracia, también están entre nuestras filas. Se equivocan todos aquellos libertarios vulgares que abogan por la autocensura. Es falso que a nosotros no nos corresponda hacer juicios, incluso si estos van en contra de las decisiones que otras personas han tomado. Sucumbir ante la pretensión de negar nuestra moralidad equivale a desconocer el principio fundamental de la libertad de expresión.

Sujetos como el señorito cursi que en Facebook se hace llamar Rothbard y todos los libertarios vulgares y relativistas tan solo generan hacia el exterior la impresión de que el liberalismo no es más que un culto, una secta vacía en la que los miembros han de repetir como autómatas un mantra que, ironías de la vida, termina por desindividualizarnos al negar la posibilidad de ejercer una crítica a partir de consideraciones meramente personales. A final de cuentas no son distintos a los zurdos y toda esa fauna chairomamerta que, si no estás de acuerdo con ellos y sus dogmas, tildan a cualquiera de fascista neoliberal.

El liberalismo es también un compromiso con los individuos que forman una sociedad. Caer en el discurso del relativismo moral, de que existen millones de discursos igualmente válidos, es hacerle un favor a todos aquellos que pugnan por el progresismo. Prescribir una sociedad amoral a través de una ideología monolítica, incapaz de aceptar los matices del pensamiento individual, negar nuestras dudas y comentarios hacia la erosión de una cultura que valoramos y de la que surgió nuestra ideología, significa un suicidio en términos de filosofía, es hundirse en el más vulgar de los nihilismos. Lo único que puede hacer el liberalismo por estas expresiones que muchos encontramos aberrantes es aceptar el derecho a que existan y criticar toda pretensión del Estado para regularlas o prohibirlas. Sin embargo, como individuos que somos, dotados de razón y juicios propios, no debemos en ningún momento traicionar nuestra propia moral.

viernes, 19 de septiembre de 2014

El perfecto idiota libertario

12:49 Posted by Cronos , No comments

Más nos vale ser prudentes y no asumir que los libertarios son, en promedio, gente muy brillante. Dos o tres coincidencias en el campo ideológico no vuelven al vecino una persona a la que haya que tomar en serio, ni siquiera si ese individuo se pone la máscara de racional o de muy prudente. Que para eso cualquiera es bueno: vea usted a los sandios guerreros de la justicia social que escriben para la Rational Wiki. 

¿Qué piensa usted cuando los neonazis y los neofachos les dicen que “no son ni de izquierda ni de derecha”? Seguramente le da un ataque de risa o los tira de locos. Y es que al gran público poco le interesa la sofisticación o las huidas retóricas de los miedosos, a nadie le interesa que entre ellos se crean que de verdad existe la tercera posición como un paradigma novedoso. Lo mismo pasa con esos libertarios cuyo deporte favorito es insistir en sus clubes privados que no son ni de izquierda ni de derecha. Serán de cuarta posición entonces o extremocentristas, o vaya usted a saber. Mejor pregúntele al brillante Nolan, que parece ser el único soporte teórico que tienen los libertarios vulgares.

¿Han conseguido algo estos personajes que buscan desligarse a como dé lugar de la derecha? Nada, y no lo harán. Jamás. Pero no importa, porque están muy cómodos en su circle jerk, en sus grupos irrelevantes, en sus conferencias que no atraen a más de treinta personas en los días que hace buen clima y se ofrece vino gratis. En suma, nunca convencieron a nadie que no sea a ellos. Por eso es que son irrelevantes tanto en el mundo de las ideas como en la praxis. Tan altos intelectuales son ellos que, desde las alturas, no pueden ver lo que pasa a nivel de tierra.

A veces da buenos resultados inventar una nueva retórica y tatuarla en la consciencia de la gente, si no pregúnteles a los grandes actores del progresismo cultural. Pero, perdón, eso no existe y son paranoias derechistas (aunque haya intelectuales de la izquierda que se declaran abiertamente como marxistas culturales y afirman y defienden su existencia). No es verdad que muchas banderas que típicamente eran propiedad exclusiva de la izquierda hayan sido adoptadas plenamente por los racionales libertarios. Al menos eso es lo que dicen los tan brillantes como irrelevantes libertarios, que están muy cómodos haciendo de aguadores para el equipo rojo (o rosa, para que no suene tan alarmista ni delirante este párrafo), porque, después de todo, los zurdos no son nuestros enemigos y no tiene nada de provechoso atacarlos. Lástima que los izquierdistas jamás fueron tan bobos. Hoy vemos los resultados: su retórica antiliberal, simplista pero tan efectiva, les ha servido muy bien y ha calado en la cultura, tan hondo que a nadie le interesa lo que tenga que decir un vulgar left libertarian de internet.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La democracia y la parábola de Cthulhu y su amigo el Leviatán

23:04 Posted by Cronos , No comments
Suecia, Suecia, querida amiga:
Un tigre que se avergüenza.
Sé cómo se siente eso
Cuando la realidad se vuelve una broma.
Joakim Berg, Sverige

Regocijaos, hombres del mundo civilizado, que hemos vuelto a asistir a la gran fiesta. Olvidad los ecos de la mitología, los rumores del ya lejano Midsommar, pues aquello que nos reúne es acaso la cumbre de un lento proceso de evolución institucional. Sucedió lo que sucede cada cierto tiempo en la vieja Suecia. La gente acudió a las urnas y el resultado no pudo ser más impactante: los socialdemócratas vestidos de azul que detentaban el poder han sido derrotado por los socialdemócratas de camisetas rojas. Regocijaos, hombres del mundo civilizado y de aquel otro mundo ensombrecido aún por las tinieblas de la barbarie, hemos asistido a la fiesta de la democracia.

Nadie que no sea decente se atrevería a poner en duda que este sistema es el mejor al que pueden aspirar las naciones. Sin embargo aquí en Expresión reaccionaria no somos gente decente ni aspiramos a serlo. No es que aquí se piense que la democracia no funciona o que sea una idea fallida. En realidad tenemos muy en claro que, por sí misma, y con las condiciones institucionales bien establecidas, es un sistema altamente eficaz. Eficaz para un fin que a nosotros, como indecentes reaccionarios, no nos interesa en absoluto. 

Ya sabemos la dirección hacia la que siempre nadan Cthulhu y su pequeño amigo el Leviatán —grande o chico, importa poco siempre que se desplace al lado de su compañero—. ¿Por qué la deidad habría de detenerse y pensar que las leguas recorridas fueron todas en vano? Dicen que las corrientes de la izquierda son siempre más cálidas, incluso si estas cruzan los mares nórdicos. 

La parábola de Cthulhu y su amigo el Leviatán ya debería ser bastante obvia por sí misma, aunque para efectos de claridad habrá que traducirla, no sea que algún personaje con pocas luces tenga problemas en descifrar un recurso literario. Lo vimos en las elecciones suecas: la socialdemocracia azul, es decir la seudoderecha moderada encabezada por Fredrik Reinhardt luego de ocho años de gobierno ha perdido en contra del partido hegemónico, los Socialdemokraterna. ¿Había una diferencia esencial entre ambos bandos? Ninguna, porque mientras estén montados en el mismo barco, que a su vez navega sobre la espalda de nuestro Cthulhu, irán hacia la misma dirección. ¿O es que debemos creernos el cuento de que la centroderecha sueca —y para los mismos efectos casi todas las derechas decentes del mundo— no navega hacia el progresismo? Acaso estas derechas blandas, apoyadas por ingenuos conservadores y liberales muy cómodos, lleven un rezago en un camino cuyo destino está bien trazado. Nadie hoy, desde el armatoste del sistema, duda de los grandes pilares del bienintencionado credo secular de nuestros tiempos: el igualitarismo. No, dirán los libertarios furiosos, nosotros creemos en el individuo, pero buena parte de sus políticos fracasados, sus intelectuales de voces diminutas, sus inocuos think tanks, no difieren en lo esencial de estos credos. Y la razón es simple: no pueden permitírselo si aspiran a tener un lugar en este juego de la democracia.

Supongamos que Cthulhu se despierta de buen humor y que el capitán del barco es uno de esos centroderechistas buena onda, con ganas de ver un nuevo sol. Ese día se arma de valor y le pregunta a su dios democracia si no le apetecería ir más lento para disfrutar de paisaje. Cthulhu dirá que sí, que no hay prisa por llegar al destino. El centroderechista creerá que ha hecho algo notable y sus intelectuales y defensores echarán palomas al vuelo —y claro, los socialdemócratas de camisetas rojas se molestarán porque tienen más prisa que ninguno en llegar a la Arcadia progresista—. Hay un pequeño problema para la tripulación, y ese es que, a pesar de los esfuerzos por conseguir el mando del barco, Cthulhu en ningún momento se ha dado la vuelta o ha cambiado de dirección, por más que el capitán y los grumetes centroderichistas hayan creído que dieron un golpe de timón.

Regocijaos sin reservas, hombres decentes del mundo civilizado, y vosotros, indecentes reaccionarios, zarpad ya hacia otro lado, que no sois dignos de estas aguas.