Este blog no es apto para progres.

domingo, 9 de noviembre de 2014

A 25 años de la caída del Muro. No ganamos nada.

Se ganó tan solo una breve ilusión. Ese fantasma anunciado por un obeso barbado nacido en Tiers en el siglo XIX sigue presente, en formas por lo general más sutiles allá en el viejo continente y de manera abierta en buena parte de los países tercermundistas. Cayó un muro, un símbolo, pero no la idea ni mucho menos la cultura del colectivismo. Los cursis festejan un montón de escombros y piedras que no dicen nada de la afrenta contra la libertad y el sentido común en la época actual. Mientras que ellos veneran esos cascajos, los Estados continúan avanzando hacia una senda de la que jamás se desviaron. En el mejor de los casos redujeron la marcha y, como los ciudadanos e intelectuales demócratas ingenuos, se engañaron a sí mismos. Todos los vicios acarreados por la cultura del socialismo persisten, abanderados incluso por las derechas disfuncionales del mundo civilizado. 

Esto es lo que sucede en un mundo donde el relativismo es ley. Esos liberales confusos no entienden que una tregua temporal o un aparente cese al fuego no es una conquista. ¿Cómo celebrar la aparente caída del andamiaje socialista si en Europa surgen cada vez con más fuerza partidos contrarios a la idea de la libertad? Y lo que es peor: su aceptación, como en el caso de Podemos en España, no es poca.  Bastaron veinticinco años para que los enemigos de occidente fuesen capaces de exponer las ideas revolucionarias ya sin la necesidad de esconderlas tras el velo de los eufemismos. Ante el hartazgo de las masas, no producido por una aplicación irrestricta de los principios liberales sino por el híbrido del corporativismo y las modas progresistas, hoy las izquierdas más irracionales no tienen que hacer demasiado para convencer a la gente de que sus ideas no son peligrosas. Si fuera cierto que la libertad triunfó, entonces esos personajes estarían de facto desacreditados. 

Como sucede con muchas cosas que son tomadas como conquistas sociales, este es un asunto de cursis. Hace cinco años gané una mención honorífica en un concurso cuyo tema era “La libertad a veinte años de la caída del Muro de Berlín”. Yo fui el único que escribió un ensayo al respecto. El segundo lugar se lo llevó un poema de corte arjoniano. Lo más memorable fue el espectáculo cutre con que dio inicio la ceremonia de premiación. Un gran muro en el escenario fue derribado al momento de que una banda versátil cantaba el famoso estribillo de Another Brick in The Wall, quizá sin entender que ese disco más bien mediocre de Pink Floyd hablaba en realidad de otras cosas. Y entre tantas luces y humo, podríamos ser más apropiados con esas ideas románticas de victoria y seguir escuchando en un loop infinito aquella canción de los Scorpions, incluso en su infame versión cantada en el peor ruso que el oído humano ha registrado. Mientras, afuera del sótano donde se lleva a cabo la fiesta de la cursilería, los enemigos de la libertad no han desperdiciado ni un minuto en construir otros muros, acaso transparentes para que los idiotas útiles sigan festejando sus ilusiones.

jueves, 6 de noviembre de 2014

No le haga caso a los escritores progresistas

16:28 Posted by Cronos , No comments

Empecemos por tomar este texto como lo que es: una simple diatriba posmoderna cuyo subtítulo podría ser “por qué dejé de seguir a escritores por Twitter” o “por qué dejé de interesarme por lo que los autores y sus novias, parejas o viudas tienen que decir sobre cualquier otra cosa que no sea su obra”. 

Los escritores no tienen nada que decir si no es a través de la literatura. Alguna vez cometí el error de sentir curiosidad por los comentarios que los autores hacen al margen de sus letras. Lo que en la gran mayoría de los casos uno escucha no es más que lugar común. Curioso, porque quienes entienden de estilo literario evaden como la plaga cualquier rastro de cliché. No así al momento de las opiniones, que son siempre moldeadas de acuerdo al relato único de los intelectuales. Son vanos pero se sienten profundos; creen transgredir algo pero solo reiteran las ideas de la masa; muchos se enemistan entre sí pero no dicen nada esencialmente distinto. Esos autores van por millares hacia el mismo sitio, a su catedral del pensamiento unitario. Si alguien en serio cree que hay algo interesante en el regodeo de los progresistas, que se una a la procesión donde seguramente recibirán muchas palmadas en la espalda y abrazos grupales.

Podría ser una falta de compromiso de mi parte. No lo dudo, si es que por esa palabrucha manida del compromiso se entiende la adhesión a ese tipo de ideas y no a otras convicciones con peor prensa. Por ejemplo, cuarenta delincuentes, en medio de una protesta social, secuestran e incendian un camión. El idiota útil, es decir el escritor comprometido, sale rápido a relativizar el terrorismo de igual manera que lo hace la manada. Pero si mencionar el contexto mejicano le molesta a los sensibles, pensemos que esa misma estirpe de escribidores se comporta de manera similar en cualquier otro lado, ya sea tendiendo más simpatía por los terrucos que por los militares en el Perú o los que aun consideran que los Montoneros de la Argentina eran simples idealistas. 

Hacia el final de Plataforma de Michel Houellebecq —a este sí hay que hacerle caso— un grupo de musulmanes perpetra un acto de terror en contra del resort que han creado los protagonistas. La prensa se pone del lado de la indignación de los radicales, que veían en esa empresa un atentado a su identidad y moral. No solo se vuelve víctima el criminal, sino también se victimizan las ideas que tienen los idiotas o los potenciales criminales. Al francés le cayeron un par de demandas, pero si su literatura tiene hoy en día gran arraigo es porque quizá hay gente que, como yo —es decir, los que no tenemos ese compromiso chapucero con la irracionalidad y las ideas revolucionarias—, está harta de las reiteraciones vanas de todos los demás autores. Será mejor ignorarlos. Uno no se pierde de nada que no oiga en la explanada de alguna universidad o de boca de un pariente oligofrénico al que la cerveza le ha sacado de la garganta la indignación por el mal gobierno.