Si usted ha estado en la escena libertaria por un buen tiempo seguramente conocerá al típico ridículo que en las redes sociales agrega a su nombre apellidos como “Rothbard”, “Bastiat”, “Mises” para después sazonarlos con la bendita palabra “Libertad”. Los resultados pueden ser de una cursilería tal que uno está tentado a pensar que semejantes afrentas al buen gusto constituyen una violación del sacrosanto e incuestionable NAP. No siempre sucede, pero encontrar a un sujeto así es muchas veces indicativo de que podemos estar ante algún libertario vulgar, un liberchairo, si se me permite el neologismo, uno de esos cándidos especímenes vertebrados que no conocen algo más allá que el mantra del principio de no agresión. Muchos de ellos, amparados en su purismo pueril, suelen creer que, en la medida en que haya decisiones libres e individuales, los libertarios no deberían criticar aquellas acciones que a nivel moral puedan encontrar reprobables. Escondida detrás de esta actitud está la retórica del relativismo moral.

Recientemente en un grupo de Facebook compartí un artículo sobre un campamento en el que básicamente travisten a los niños para que de este modo se encuentren a sí mismos, sin las presiones que ejerce el patriarcado y los valores conservadores, ya que el género, de acuerdo a la concepción posmoderna, es tan solo un constructo social. Huelga decir que todo este espectáculo proviene de la iniciativa privada, de modo que, por principio, los libertarios no se opondrían a su realización. Hasta ese punto nadie que suscriba tan ideología estaría en desacuerdo. No sería extraño que alguien a nivel personal, como quien escribe este artículo, encuentre este circo como un show que aplaude la depravación y el summun del mal gusto de la agenda progresista. Es claro que un liberal, independientemente de los principios de su filosofía, amparado en la libertad de expresión, puede ejercer los juicios morales que considere pertinentes y externar su condena por semejante show. El libertario vulgar, en cambio, dirá que, en la medida en que esto no afecta ni el NAP ni mi libertad individual, no deberíamos emitir ningún juicio porque entonces nos estaríamos rebajando a ser simples neoconservadores. Por supuesto, cuando coloqué el enlace un señorito de apellido Rothbard, disertó en dos sapientes líneas acerca de las tendencias de género que existen desde el nacimiento, así como de la impertinencia de todos aquellos neoconservadores que se creen liberales al momento de externar su reprobación por los actos de libertad de los demás.

Eres un neocón reaccionario si opinas en contra de la libertad de orillar a este niño a travestirse

Esto último no deja de ser un buen ejemplo del nivel de simpleza que pueden alcanzar muchos libertarios, que típicamente son los que nuestros enemigos intelectuales aprovechan, con justa razón, para poner en ridículo la ideología de la libertad. La defensa a ultranza del NAP, como único pilar de una tradición filosófica mucho más rica, puede devenir en un libertarismo tan caricaturesco como ridículo. No hay deshonestidad más grande que abstraerse de uno mismo, de su individualidad innata, con tal de externar un discurso simplista y políticamente correcto que satisfaga a los obtusos que, por desgracia, también están entre nuestras filas. Se equivocan todos aquellos libertarios vulgares que abogan por la autocensura. Es falso que a nosotros no nos corresponda hacer juicios, incluso si estos van en contra de las decisiones que otras personas han tomado. Sucumbir ante la pretensión de negar nuestra moralidad equivale a desconocer el principio fundamental de la libertad de expresión.

Sujetos como el señorito cursi que en Facebook se hace llamar Rothbard y todos los libertarios vulgares y relativistas tan solo generan hacia el exterior la impresión de que el liberalismo no es más que un culto, una secta vacía en la que los miembros han de repetir como autómatas un mantra que, ironías de la vida, termina por desindividualizarnos al negar la posibilidad de ejercer una crítica a partir de consideraciones meramente personales. A final de cuentas no son distintos a los zurdos y toda esa fauna chairomamerta que, si no estás de acuerdo con ellos y sus dogmas, tildan a cualquiera de fascista neoliberal.

El liberalismo es también un compromiso con los individuos que forman una sociedad. Caer en el discurso del relativismo moral, de que existen millones de discursos igualmente válidos, es hacerle un favor a todos aquellos que pugnan por el progresismo. Prescribir una sociedad amoral a través de una ideología monolítica, incapaz de aceptar los matices del pensamiento individual, negar nuestras dudas y comentarios hacia la erosión de una cultura que valoramos y de la que surgió nuestra ideología, significa un suicidio en términos de filosofía, es hundirse en el más vulgar de los nihilismos.