Este blog no es apto para progres.

jueves, 23 de octubre de 2014

Señorita Rand, (no) necesitamos una izquierda verdadera

13:17 Posted by Cronos 2 comments

En la nueva edición del Consultorio de la Señorita Rand tenemos la pregunta de Zurdo Dueñas (52 años), que parece estar preocupado por la falta de opciones políticas:

Estimada señorita Rand, estoy muy preocupado por la situación política de mi país y, en general, por la de América Latina. Yo, como todo buen ciudadano comprometido con los ideales de la libertad, soy un demócrata convencido, pero aunque me declaro como un liberal-libertario moderado, centrista y minarquista, veo con tristeza que no hay una verdadera izquierda en esta nación. Lo que tenemos es una izquierda populista y autoritaria, no una moderna, moderada y modernizadora como sí la hay en Uruguay (soy fan de Pepe Mujica) o en Chile (¿ya le dije que admiro a Lagos y respeto profundamente a Bachelet?). Todos sabemos que en la democracia necesitamos pluralidad y contrapesos, y la verdad es que yo no me fío de ninguna derecha paleoconservadora que se dice liberal para salvaguardar mis libertades sociales, como mis abortos o mis matrimonios gays.

Me parece que lo menos importante es de dónde venga el cambio. La izquierda moderna puede muy bien acompañarnos en el camino hacia las reformas, como ya lo han hecho en los países recién mencionados. Yo la verdad es que ya estoy harto de tanto antizquierdismo. 
Besos y abrazos, señorita.

Querido Zurdo, he leído con atención tu carta y me parece que, en efecto, eres un gran y ejemplare liberal, así con itálicas. Lo cual está bien, supongo, si es que esos son tus intereses y estás dispuesto a sincerarte, escribiendo bien la palabra u optando por su equivalente en castellano. Está claro que eres un liberal comprometido con los (según tú) nobles valores de la igualdad y eso te hace sentirte bien, como un ciudadano del mundo que desafía los estándares y que incomoda a los malos reaccionarios. Eres una amenaza al establishment y al pensamiento único, sí que sí, incluso si tú eres ese pensamiento único. Pero no te asustes, en realidad hay muchos como tú y eso es lo que se espera del buen ciudadano; que su ideología pueda moldearse bien a las necesidades que, en teoría, tiene el mundo moderno. En fin, que eres muy mainstream. Pero eso no está mal, porque te garantiza el aplauso de los bobos, que son mayoría como bien sabemos. A fin de cuentas los que de verdad desafían a La Catedral del pensamiento unitario están por otro lado.

Creo que,  como muchos otros —desde «liberales» hasta socialdemócratas—, te has contagiado de la fiebre pluralista, tan propia de estos tiempos extraños en los que me ha tocado regresar como consultora de dudas online. Sucede que hay cosas que son menos malas que otras, pero que siguen siendo una enfermedad. Nadie quiere estar enfermo, a menos que tenga un caso de gusto patológico por lo que está mal. No podrías decir, objetivamente hablando, que un resfriado es algo más o menos bueno. Claro, lo puedes comparar con una pulmonía y entonces sentirte aliviado de que no tienes algo peor. Pero lo que nos interesa es que, en el fondo, no estamos bien; hay algo que estorba y que sería mejor no tener.

Es fácil cuando lo ponemos en términos clínicos, pero al momento de traducir el símil, que ya debería ser bastante obvio, corremos el riesgo de que algún buenagente nos acuse de ser malvados antidemócratas. Lo que te digo, querido Zurdo, es que tanto eclecticismo es peligroso y que solo lleva a un lado, y ese destino, me temo, no es el de la libertad ni el de la responsabilidad. En los moderados izquierdistas quedará siempre la tentación igualitaria, que es la que tú tienes porque eres un liberal, no un liberal. A lo que voy, para decirlo con lenguaje de pueblo: la izquierda no hace falta, sea estalinista o moderna. 

Te voy a decir algo más, un secreto de esas personas que admiras. ¿Sabes por qué a veces los modernos izquierdistas aplican algunas medidas capitalistas? Fácil: ellos saben y se dan cuenta de que funcionan. Ya con la legitimidad que les da ese híbrido (que obviamente sería mejor tenerlo en estado puro), tienen el terreno libre para avanzar en su agenda igualitaria.

Aquí en mi consultorio también somos de mente abierta y llamamos a que todo el mundo asuma sus tendencias, su realidad  y que no aparente lo que no es. Tal vez necesitas que te lo diga alguien más, aunque pueda ser incómodo. Mientras los tibios avalan esa fachada que, en el fondo, sabes que es un eufemismo que suena bien para no decir las cosas como son, aquí tenemos la obligación moral de enfrentarte a tu realidad. Y tú, mi estimado Zurdo, aplaudes a Mujica por estatizar la marihuana, no por liberalizar el mercado. Tú respetas a una Bachelet que, no siendo todo lo allendista que ella quisiera, sí empieza a aplicar medidas para retroceder en los avances liberales de su país, solo porque sus acciones se acomodan a tus prioridades igualitarias y de vanguardia. Tú eres un liberal con cursivas, que en inglés quiere decir progresista.

viernes, 17 de octubre de 2014

La RAE y la desvirilización del lenguaje

15:23 Posted by Cronos , No comments
More femenine than any woman... But he's a guy.
De pronto despertamos y nos hemos dado cuenta de que asistimos, o más bien somos llevados empujones, a la orgía totalizadora del progresismo. Si ya en el Sínodo bergogliano resonaban ecos proféticos sobre la banalización de lo tradicional, toda vez que parece sugerirse que es la eternidad lo que ha de ajustarse a los modos novedosos del hombre y no este a lo que le ha sido desde siempre común y natural, hoy vemos que no hay resquicio que se libre de la fiebre revolucionaria de lo que en épocas mejores considerábamos como la norma. Pero antes de que esto devenga un argumento teológico, baste hacer notar que estos eventos tan solo ayudan a constatar con indudable claridad la dirección de la deriva del mundo occidental. Si la estructura que los ingenuos, los alarmistas y sobre todo los modernizadores impacientes creían monolítica ha visto sacudidos sus cimientos, con más razón deberíamos dejar de dudar cuando se afirma que se vive un proceso de cambio no solo en las costumbres de los mundanos, sino también en el modo de entender la natura humana a la luz de la sociedad actual.

Qué mejor forma de consolidar la agenda que actuando sobre el lenguaje. Mientras que algunos académicos salen de vez en cuando a la defensa del sentido común y demuestran la idiotez intrínseca del lenguaje de género, la Real Academia Española, como toda buena institución neoconservadora, se apresura a salir al escenario como aquel anciano que se viste de pantalones cortos. De la mano de los amigovios y el papichulo que de tan bobos no ameritan escarnio, se reitera como válido y relevante en el mamotreto inefable el feminicidio, término que es propio de las mentes trastornadas que ven mayor gravedad en el asesinato de la mujer que en el del hombre, como si fuese posible establecer una diferencia cualitativa en el valor de la vida de ambos. Así nos va en nuestros tiempos posmodernos: la vida humana relativizada en un mundo donde el horror del homicidio es importante no por la condición de humanidad sino por las motivaciones, reales o interpretadas de acuerdo al humor del juez en turno, de quien perpetra el crimen. 

Nada más patético que el beta humillado que, postrado y con la cabeza agachada, es incapaz de entender que  para la feminista y, en general, para el progresista nada será suficiente, siempre habrá algo que reformar, enmendar y volver a cambiar. Es la espiral del absurdo en la que ha caído el hombre derrotado, sobre quien los jerarcas de la lengua afirman que no hay en su masculinidad nada de viril ni enérgico. Quizá sea cierto lo que el ganado sagrado afirma cuando se analiza a fondo la naturaleza disminuida del hombre de nuestros tiempos, a quien la dignidad solo le alcanza no para asumirse como lo que debería ser sino para exigir compensaciones nimias: ahí, en la esquina de la vergüenza, están todos esos especímenes tristes que claman por la celebración de un día mundial del hombre o por la inclusión del masculinicidio en el libro de las definiciones.

Es probable que, en el gran panorama de nuestra caída, tengan una incidencia mucho menor que la de aquellos leguleyos que empezaron a usar un término absurdo antes de que la autoridad central de la lengua lo reconociera como válido. Y mientras que la RAE trata de correr a toda marcha para alcanzar los tiempos, quedarán en el tintero acciones más relevantes. A final de cuentas un idioma no es lo que dictan sus intelectuales sino lo que interpreta la mente de quien lo habla. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Un paria reaccionario en la patria libertaria

16:04 Posted by Cronos , 1 comment
Parece que la batalla por el buen uso del lenguaje corresponde a un juego del que uno ha aceptado formar parte a pesar de haberlo perdido en un inicio. Sucede con tal frecuencia que, ante la inevitabilidad, uno tiende a pensar que no hay más fin que la resignación. Será una deficiencia en la educación, una tara en la capacidad de pensamiento de los demás o un error que tiene que ver con la ingenuidad propia, pero nada de lo que uno hace parece disuadir a la gente cuya visión, en el mejor de los casos, abarca tan solo dos metros. El resultado es que uno queda como un paria en la nación de los que sufrieron la cruz de no aprobar satisfactoriamente sus cursos primarios de compresión de lectura, gastando inútilmente las palabras en tratar de que ellos capten el mensaje: no soy libertario ni escribo para contribuir a esa ideología difusa. Y a pesar de esa aclaración que no deja lugar a dudas, no son pocos los que insisten en decir que lo que sea que piensa uno tiene también un sitio dentro de la quimera abyecta del libertarismo.

De vez en cuando aparecen personajes cándidos que acusan de no ser libertarios a los que concuerdan con muchos puntos de lo que en este espacio se defiende. Aunque su juicio pueda parecer correcto, habría que decir que no lo es porque asumen que uno intenta pasar por uno de ellos. Nada más alejado de la verdad. Lo que se busca es la sana distancia de la enfermedad del relativismo y de la pandemia de la vulgaridad de las ideas. De ahí que juzguemos patológico el eclecticismo de los tibios: nada bueno sacamos en pensar que, solo porque tenemos un par de puntos en común, es buena idea compartir la casa con los progresistas de libre mercado, los que no distinguen su izquierda de su derecha, los objetivistas recalcitrantes, los ateos militantes, los socialdemócratas que creen ser minarquistas, los guerreros de la justicia social, los anarquistas que odian más al Estado de lo que aman la libertad, los globalistas suicidas de las fronteras abiertas y los ciudadanos del mundo antioccidentales. 

Podría ser muy específico y decir que soy parte de eso que en el mundo de habla inglesa se llama la derecha disidente, la derecha alternativa, el paleoliberalismo o el postliberalismo (¡el espacio común entre el liberalismo y el conservadurismo clásicos!). Si eso no convence a nadie, entonces lo que hace falta es hablar en buen criollo: si existe este blog no es por la necesidad de enmendar el libertarismo —suponiendo que es posible hacerlo, que no lo es—, sino porque considero que lo único que vale la pena sobre este tema es sacar a la luz su absurdo. Nadie dijo que tomar la píldora roja fuera grato. Quien lo haga se dará cuenta de que el fin de su pensamiento libertario no era más que el devenir de todas las ideologías fallidas: un lugar en el vertedero filosófico. Por eso es que hace mucho abandoné la idea de construir un libertarismo con lindos adjetivos. Todos sabemos que sigue sin ser bueno vivir con un poquito de cáncer; lo deseable es no tenerlo. Antes de que prolifere más hay arrancarlo de raíz, echarlo al fuego y dejar de ver con solemnidad las cenizas de la decadencia. Solo entonces seremos liberales y conservadores clásicos decentes.

viernes, 3 de octubre de 2014

Breve apología liberal al derecho a la ofensa

16:02 Posted by Cronos 7 comments
Defender la libertad de expresión como la conciben los socialdemócratas es fácil, cómodo e incluso redituable en términos políticos, mientras que hacerlo desde la óptica del liberalismo auténtico en muchas ocasiones supone un suicidio. Los primeros tienen el amparo de lo que en la actualidad llamamos la opinión pública, monopolizada hoy en día por todo lo que es políticamente correcto, nuestras buenas consciencias contemporáneas, las verdades inefables de esta era. Los segundos, en cambio, van siempre contra corriente porque deben reivindicar el derecho a expresar aquello que en la actualidad se considera que debe censurarse.

Solo pregúntese lo siguiente: ¿Cuántas veces hemos oído de peticiones para que el Estado regule lo que puede o no decirse en los medios de comunicación porque algunas opiniones pueden ser ofensivas para determinado grupo, llámese gays, negros, inmigrantes o la "minoría" que a usted más le guste? En el contexto actual, ¿qué pasaría si alguien públicamente, en un canal de televisión con gran audiencia, se denostara sin ambages a una determinada raza o si alguien filmara un programa en el que se cataloga a la homosexualidad como un trastorno mental o si una cadena hace un documental revisionista para negar el Holocausto y reivindicar los objetivos del nacionalsocialismo? ¿Lo soportaríamos o veríamos surgir miles de voces exigiendo la censura de dichos contenidos porque resultan ofensivos e injuriosos y, por lo tanto, es justificable que el Estado pase por encima de los derechos de quienes emiten tales opiniones?

El tema de la libertad, cuando se lo analiza desde esta perspectiva, puede ser particularmente incómodo. Hoy en día aquellos que osan saltar los cánones de la corrección política son sometidos al escarnio público y quienes defienden el derecho a la ofensa, es decir los liberales consecuentes, son también perseguidos y, encima de todo, son tildados de apologistas del odio y la violencia. No se dan cuenta los apóstoles de las buenas consciencias contemporáneas que incurren en la vieja tentación totalitaria de negar la libertad de aquellos cuyas opiniones pueden generar enojo entre determinados sectores que han sido sacralizados —no heterosexuales, discapacitados, enfermos, gente no blanca, pobres, etc.— porque suelen ser considerados como víctimas de la historia, del patriarcado, de la sociedad eurocéntrica o de lo que usted quiera. ¿Quién, entonces, defiende a los ofendidos? La respuesta liberal es sencilla: ellos mismos. De la misma manera que debemos garantizar el derecho a tener opiniones incómodas también debemos reivindicar la legítima defensa. Pero solo eso. Como bien dice Albert Esplugas:

Al fin y al cabo, se puede ser homófobo y liberal. Uno puede sentir aversión hacia los homosexuales y defender que tienen pleno derecho a hacer lo que quieran mientras no infrinjan la libertad de nadie. También se puede ser racista y liberal. O machista y liberal. Y por supuesto cualquier individuo tiene derecho a discriminar a quien quiera en el ámbito privado, o a proferir opiniones controvertidas. La libertad ampara cualquier expresión de desprecio u odio al prójimo, lo mismo que ampara la contestación, la humillación y el ostracismo de los intolerantes.

Pensemos en las implicaciones de permitir que el Estado regule las expresiones ofensivas. En primer lugar estamos aceptando de manera explícita que se viole la propiedad privada. Si el conductor de un programa de televisión declara su desprecio por las mujeres debería ser responsabilidad única de la empresa el decidir si es conveniente expulsar a ese trabajador. En cambio cuando se pide que el Estado, a través de algún organismo censor, obligue a la empresa a despedir a dicha persona estamos aceptando que, después de todo, es legítimo establecer reglas sobre una propiedad que no es la nuestra. Luego, si somos consecuentes, deberíamos permitir que el Estado regule lo que nosotros decimos al interior de nuestras casas y que nos obligue a aceptar que entre gente indeseable porque la propiedad privada no es más importante que un tercero. En segundo lugar, si aceptamos la necesidad de regular la ofensa entonces habría que permitir que cualquier ofendido, por la razón que sea, incluso por la más estúpida —digamos, el conductor comentó lo ridículo que es combinar un nombre en sánscrito con un apellido castellano, como Krishna Avendaño—, pida que se censure a quien se nos dé la gana, quizá ni siquiera por razones legítimas.

La disyuntiva es sencilla: o cedemos a la tentación totalitaria o defendemos la libertad aunque sea incómoda y pueda agraviarnos incluso a nosotros. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

La enfermedad crónica de la derecha

15:48 Posted by Cronos , 3 comments

Hundida bajo el peso de su propia medianía, la derecha contemporánea, más deslavada que nunca y temerosa de sí misma, parece tener más connotaciones míticas que auténticas. Los medios, los intelectuales y los políticos no dudan en invocar su nombre, todos menos los que, supuestamente, se encuentran ubicados en ese sector de las ideologías. A la luz pública es mejor negar cualquier filiación con ella y quienes, ingenuos, creen que desafían al sistema y se arrogan la investidura del conservadurismo o del libre mercado tardan muy poco en parchar su discurso, prestos en todo momento a hallar la salida retórica más rápida. Entonces aparecen varias palabras cuya sola mención ya nos revela la tragedia: derecha moderada, centroderecha, economía social de mercado, capitalismo popular o con rostro humano, etcétera. Términos que denotan la necesidad patológica de los supuestos derechistas contemporáneos de desligarse de sus raíces y de querer mezclarse, hasta quedar indistinguibles en esencia, con sus congéneres de la izquierda deslactosada que se presenta ante la sociedad como la única opción viable en estos tiempos. 

Qué mejor para el progresismo cultural y sus líderes que esto suceda. No habrá de qué preocuparse mientras la derecha sea mantenga mansa —un poco gruñona, no importa— y deseosa de participar de un juego político que perdieron antes de que sonara la primera campanada. Cabe preguntarse si fueron tan brillantes los progresistas o tan idiotas los de esa derecha timorata que poco ha logrado y que no consigue echar cimientos firmes. Mientras que los primeros han sido exitosos al momento de construir un relato aceptado y deseado por grandes sectores de la sociedad, los segundos son culpables no solo de ser incapaces de combatirlo sino de caer en la trampa propuesta por sus adversarios.  

De allí que muchos aboguen hoy en día por el punto medio, tan de moda en estas fechas donde correrse al centro parece la decisión más sensata, toda vez que la tibieza es la zona preferida de los perezosos y la que tanto seduce a jóvenes apáticos y de cortas ideas, más ansiosos de un discurso ecléctico que de un programa sin ambigüedades. Y ya que la batalla cultural se va perdiendo de calle, los modernos izquierdistas, al menos los que tienen esa amigable fachada de la institucionalidad y que se prestan siempre a la alternancia, no tienen por qué alarmarse cuando la derecha parece ganar algo de fuerza. Esa calma radica en un hecho muy simple y de suyo trascendente: no existen condiciones para que esa derecha que por momentos goza de los favores de la gente se enraíce en los niveles más profundos de la sociedad, a no ser que haya algo que detone un cambio cultural significativo; y esto no parece un escenario probable, no hoy cuando la derecha tiene miedo a ser llamada derecha, cuando el conservadurismo es el peor de los epítetos y cuando los capitalistas no quieren ser capitalistas.

Habrá que acusar de insalvable ingenuidad a quien no haya previsto el estado actual y raquítico de la derecha, tanto a los alarmistas tontos de la izquierda que ven en cualquier rastro de libre mercado la derrota a su utopía, pero sobre todo a los derechistas bobalicones que creyeron que una privatización o un muro hecho escombros bastarían para asegurar la permanencia de los valores liberales. Esta naïveté, propia de una generación que de tan iluminada por los destellos de los nuevos tiempos terminó por deslumbrarse, habría de devenir estertor y derrota.  Nunca fueron más vigentes las palabras que en 1953 el preclaro teólogo y filósofo Francisco Canals pusiera por escrito en una de sus más memorables piezas: El derechismo y su inevitable deriva izquierdista

Mientras la izquierda proclamaba que nada le parecería demasiado revolucionario, la derecha se esforzaba siempre por poner de relieve lo “moderado” y “prudente” de su actitud antirrevolucionaria, y se gloriaba por ello de poder mostrar, como testimonio de su amor a la libertad y al progreso, que no dejaba de ser considerada ella misma como revolucionaria por los “extremistas de la derecha”, por los “reaccionarios”.
El resultado necesario de esta situación fue el constante desplazamiento hacia la izquierda, no sólo de la opinión y de los partidos, sino de la norma de valoración con que se juzgaba del derechismo y del izquierdismo de tal o cual actitud.


No sorprende en modo alguno que muchas banderas que antes eran propiedad exclusiva de la izquierda, ahora también son asumidas por los políticos e ideólogos de la derecha. La excusa no podría ser más conveniente, aunque no por ello sensata, y es que «tenemos que ajustarnos a los nuevos tiempos» —y con ello su fatal corolario: rendirse a la fatalidad de que no queda más opción que recoger gran parte del discurso progresista—. No anticiparon estos personajes que la derecha iría con un rezago y que los electores verían en estas actitudes una mala calca de lo que los políticos progresistas ofrecían. 

La genialidad de Canals radica en el hecho de que, mucho antes de que este fenómeno empezara a ser tangible, en una época en la que hoy en día se asume que el sector político al que él pertenecía y criticaba tenía una actitud bien definida e inamovible ante ciertos temas, supo identificar que el problema de la derecha era estructural, que no estaba acotado por un momento histórico y que este no detendría su marcha en un futuro previsible. A Canals no le faltaba razón. Una vez dentro del juego del progresismo, nada evitaría el desplazamiento poco a poco hacia la izquierda. Y, por supuesto, en una sociedad donde el pensamiento cultural está formado por los intelectuales orgánicos del igualitarismo, parece poco probable que liberales y conservadores tengan la capacidad para dar una auténtica batalla. Máxime si los primeros gastan sus energías en tratar de convencerse inútilmente a sí mismos y a los pocos que los escuchan de que no son de derecha —de ahí, mal que les pese, la insistencia de este texto de incluirlos en este espectro—, o si los segundos insisten en sumarse a la carrera del estatismo. 

Queda como premonición la frase de cierto presidente de trágica memoria y líder de una nación al sur de los Estados Unidos que, siendo identificado como una figura de la derecha tradicional y de esa quimera que han dado a llamar el neoliberalismo, afirmara en su campaña que «rebasaría a la izquierda por la izquierda».  Enferma, temerosa de sí misma, de lo que fue y de lo que se supone que debería ser, la derecha ha dejado ya de competir en un campo parejo. Tanto así que asistimos, cada vez con mayor frecuencia, al espectáculo ridículo de los otrora liberales y conservadores queriendo mimetizarse con el buen progre.